quinta-feira, 9 de fevereiro de 2012

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Cartografías de las culturas

El lugar desde el cual podemos mirar, describir, interpretar y comprender el mundo, sigue siendo hoy la gran preocupación de muchos.

¿En cuál locus de enunciación se asientan nuestras ideas cuando pensamos en América Latina, sobre todo si la palabra “América”, tiene apenas un poco más de 500 años, menos del 5% del tiempo transcurrido desde la presencia datada del ser humano en nuestro territorio?. Es una palabra nueva que no sólo desplaza a otras más antiguas y propias de sus habitantes originarios (Anáhuac, Abyala-Yala, Pachamama, Juumain Wayuú u otras denominaciones territoriales originarias), sino que vino acompañada de una representación cartográfica la cual incorpora un conjunto de valores, relaciones y jerarquías espaciales, al tiempo que permite la clasificación del territorio y de sus habitantes, en una taxonomía particular que articula unas relaciones del poder, todo ello construido desde el lugar y la mente del conquistador.

Describir, interpretar y representar culturas de aquí y de allá, han sido algunas de las prácticas más constantes en los procesos de dominación de los pueblos del mundo, y a su vez evidentes ejemplos del ejercicio de la colonialidad del conocimiento y del poder. Cartografías imaginarias como el mapa-mundi occidental, impuestas como representaciones positivas del territorio, así como denominaciones inicialmente técnicas de la administración colonialista como tribu y raza, asignadas por siempre a poblaciones periféricas del centro del poder, son sólo algunas de dichas prácticas de dominación colonial. Aún hoy en día, nuestro continente es representado, tanto afuera como aquí, como un lugar prístino, deshabitado, sin sociedades, sin culturas, que clama por ser civilizado.

Han pasado ya más de 500 años, y es útil y necesario pensar sí seguimos anclados en el mismo locus de enunciación, con el cual entramos en la perspectiva eurocentrista.

Cartografías para la dominación, a las cuales se les han ido incorporando otras formas de representación cada vez más sofisticadas, como el teatro, el cine, la literatura, los museos, entre otras, y ya no importa tanto desde cuál punto geográfico se hagan, ya que ellas tienden a compartir un horizonte normativo que las estructura y las corporiza, colonizando de esta forma proyectos de gobiernos, instituciones educativas y culturales, medios de comunicación social, organizaciones y movimientos sociales alrededor del mundo.

Ciertamente, sería también una falsa representación de esta compleja realidad, si la viéramos como un horizonte homogéneo, sin matices, sin estructuras locales que combinan formas de representación de aquí y de allá, o sin espacios posibles para la formulación de ejercicios de representación alternativos, subalternos, de resistencia, de liberación y pluriversales. Hacia esto último van nuestras acciones.

Desde una geo-política del conocimiento y de la vida cultural de nuestros pueblos, encontramos de gran importancia la discusión sobre cómo se concibe y se vive el territorio que habitamos. Identidades locales, identidades regionales, áreas culturales, bordes y fronteras culturales en todo el continente dan cuenta de la compleja dinámica social de nuestros pueblos en relación con su espacio geográfico.

Se trata de una pluralidad cultural existente en las distintas áreas de nuestra región caribeña y latinoamericana, que como sabemos desborda las categorías de “estado” y “región” entendidas como unidades “político-administrativas”, y sobre las cuales han venido predominando visiones homogeneizantes, que ven en cada una ellas a culturas estereotipadas y reducidas a través de una danza folklórica, una artesanía o un menú gastronómico.

En estos momentos, cuando con más fuerza los países de la región damos pasos firmes hacia la integración suramericana, creemos necesario afrontar el reto de construir una nueva cartografía de nuestras culturas, que en el marco de un conjunto de otras acciones de auto-representación, nos permita visualizar con más profundidad y con más cercanía el entramado de acciones permanentes de la vida social de nuestros pueblos, en su diaria permanencia y tránsito por las tierras del continente.

¿Qué tipo de integración suramericana construiríamos si partimos de una cartografía de la dominación colonial?

¿Cuáles pasos podríamos comenzar a dar para construir una nueva cartografía de nuestras culturas?

¿Qué sujetos de conocimiento, quiénes deberían ser protagonistas en este nuevo ejercicio de representación cartográfica?

¿Es posible una cartografía de nuestras culturas vista como producto final, o por el contrario se trataría más bien de un proceso continuo, con productos parciales, que como un ser vivo, periódicamente muestra signos de vitalidad, de transformación y de tensiones?

¿Qué instancia operativa podríamos formular que nos permita a todas y todos poder contribuir con esta iniciativa, de forma equitativa, horizontal, democrática y participativa?

¿Qué forma física posible podría tener esta cartografía? ¿Se trata de un mapa, de una esfera, de un sistema de esferas, de un tejido, una holografía, un panal de abejas….?

Véase también: ‘Imperialismo Cultural’, por Carlos Brito